/ROMAINE BROOKS, LA LADRONA DE ALMAS

ROMAINE BROOKS, LA LADRONA DE ALMAS

De la historia, me fascina especialmente la que transcurre entre la Belle Époque y los locos años 20, ambas inclusive. Entre las páginas, siempre busco a las mujeres de esa época. Ellas, sus obras, sus vidas, captan toda mi atención, porque fue con ellas, con las que se negaron a ser simples objetos decorativos, las ávidas de arte y libertad, las que lucharon por su derecho a la creación, con las que el cambio para la mujer comenzó.

Leyendo la historia de algunas de las lesbianas de la época, me encuentro con un nombre que se repite –ya sabemos que en “nuestro mundo” (el lésbico), al final siempre hay nexos de unión que nos interrelacionan-. El nombre es el de la pintora Romaine Brooks, y su historia, que merece la pena conocer, es la que hoy os comparto. Espero que os resulte interesante.

La pintora nació en 1874 en Roma en el seno de una familia adinerada estadounidense y murió en Niza a punto de cumplir los 96 años. Su vida, en todos los aspectos, fue larga, intensa y muy interesante.

Rebelde y transgresora, jamás ocultó su orientación sexual, algo poco complicado gracias a su posición social y económica: beneficiaria de una herencia millonaria, se movía entre los creativos, bohemios y homosexuales que abundaban entre la clase alta europea de la época y los expatriados estadounidenses.

En 1910, Brooks se instala en París atraída por todas las emociones fuertes que ofrecía la ciudad  y, especialmente, por Winnaretta Singer, su amante de entonces  -una joven millonaria casada con el Príncipe de Polignac  en una de esas “uniones blancas”  entre gay y lesbiana-.

En 1911 Romaine se enamora locamente de la bailarina rusa Ida Rubinstein, una de las bellezas icónicas de la Belle Époque, convirtiéndola en modelo de muchos de sus cuadros, varios de ellos,  de claro cariz sexual -en La crucifixión, Rubinstein aparece desnuda, tumbada tras el éxtasis-. Sus pinturas, como ella misma,  desafiaban la moralina de la época, en la que los desnudos eran un tema vedado a las mujeres pintoras.

El romance entre la bailarina y la pintora finaliza cuando Brooks, adicta a las relaciones sociales y al  vértigo de la ciudad, se niega a vivir en un retiro rural cuando comienza  la I Guerra Mundial, como le propuso Rubinstein.

Romaine Brooks – Le trajet, c. 1911 – Smithsonian American Art Museum

Sus romances se continuaron, su vida amorosa fue intensa y libre. Su relación más constante fue con la escritora Natalie Clifford Barney, que duró décadas, y con ella mantuvo una relación no convencional durante años: el trío con Lily de Gramont. Cuando cumplió los 90 años, la pintora, cansada de las infidelidades y de las idas y venidas de la escritora, termina definitivamente con la relación.

Hasta el final de su carrera, Brooks, siguió pintando retratos de mujeres lesbianas. Mujeres, muchas de ellas, que formaron parte de su historia personal/pasional. De hecho, en un alarde de mal gusto, Truman Capote dijo que sus cuadros eran una “galería de bolleras”. Evidentemente, el escritor americano (también homosexual), no supo ver más allá de la condición sexual de la pintora y de sus modelos. No así el poeta Robert de Motesquiou, quien  la llamó “ladrona de almas”, sobrenombre éste que aún se utiliza para hablar de las pinturas de Romaine Brooks que, sin lugar a dudas, supo captar y plasmar en sus óleos, la esencia de las retratadas.

Romaine Brooks – Peter (A Young English Girl), 1923-1924 – Smithsonian American Art Museum

Valiente siempre, Brooks, fue una defensora del lesbianismo y con sus retratos quiso dar  presencia,  relevancia,  visibilidad y deseabilidad a la identidad lésbica. Y lo consiguió.

Al igual que muchos modernistas, llevó a cabo su auto exploración a través de su trabajo. Para ella, como para la mayoría de las mujeres de su época, esa tarea significó la recuperación de sí misma y de su vida erótica, y  es por ello que en sus cuadros  se aprecia un estilo tan libre como su propia vida.

Probablemente, fue ella misma quien mejor explicó su obra y su vida cuando dejó escrito su epitafio: “Aquí está Romaine, que sólo pertenece a Romaine”.

Autorretrato de la artista con 57 años, ataviada como un hombre. Ambigua, andrógina y elegante, porque  así se caracterizaban e identificaban las lesbianas de clase alta de la época unas a otras: por la indumentaria, la elegancia y el porte. Eran la nueva mujer.

Sonia Rive.